martes 14 de julio de 2009

Motoperro

SI TE VIERAS LLORAR POR AMOR...


Motoperro es un tipo normal, de esos que ni miras cuando te cruzas con él. Bajito, delgadito, poquita cosa. Ahora bien, si el destino hace que tú y él os crucéis en la cola del autobús o del cine, entonces, sí te fijas, sí te das cuenta, Motoperro es an‑ties‑té‑ti‑co. Y esto, no sólo supone fealdad, cualidad ésta que queda fijada en cada época y cada lugar por cánones variables e imprecisos; sino que implica más bien, irregularidad, desproporción e imprecisión, lo cual hace verdaderamente imposible que en un futuro, por muy lejano que éste sea, su aspecto sea considerado agradable. Él no lo sabe, por supuesto, y eso le ha garantizado una falta absoluta de complejos.
Motoperro es mensajero, bueno, según él, “conductor‑ayudante de clínica dental”, en definitiva, se encarga de llevar las prótesis y las impresiones del laboratorio al dentista y del dentista al laboratorio. Eso le hace imprescindible en un ciudad como Madrid que permanece atascada entre tanto atasco. Conduce algo parecido a una moto pero que él llama Michelle, su Michelle. Lleva casi diez años con ella pero la muy desagradecida le está dando problemas últimamente. Con lo que a él le gusta hacerla caballitos...
Labios de Oro es un chica nor..., no muy normal (es la novia de Motoperro, bueno, según la versión de éste, que para la otra no está nada claro). Apenas articula quince palabras al día, palabras que enlaza de tal modo que para casi nadie tienen sentido o si lo tienen, resulta realmente original. El sábado pasado, sin ir más lejos, sólo consiguió decir en todo el día: ‑¿Verdad que Dios es de puta madre?‑. Lo dijo en el bar de siempre, donde pasan sus tardes, agarrando con ternura la mano del camarero y ante la atónita expresión de éste. Motoperro se ríe pero tampoco la entiende, ni le interesa, las mujeres no sirven para hablar.
Su aspecto exterior parece corroborar el interior: pálida‑muy pálida, delgada‑muy delgada. Motoperro dice que está muy buena, pero suele agregar, inseguro y consciente en parte de la demasiado evidente realidad, una coletilla a modo de justificación: ‑Bueno, para mí‑. Y los del bar sonríen pensando que vaya pareja, que vaya dos, que son tal para cual.
Nadie en el bar sabe realmente cómo se llaman, por eso, cuando el otro día entró Labios de Oro en el bar preguntando por Juan Antonio; Julio, el nuevo camarero, dio por hecho que se estaba refiriendo a Motoperro. Al parecer habían quedado, pero él todavía no había aparecido así que iba a esperarle en la pizzería de enfrente. Cuando por fin, Motoperro asomó por el bar habrían pasado por lo menos dos horas y Julio comenzó a explicarle entre broma y sonrisa y con tono aleccionador, que semejantes plantones no eran recomendables si se quería conservar a una chica. La cara de Motoperro no parecía responder positivamente a los mensajes bromistas de Julio, por lo que éste, desechando un primer pensamiento de “ se habrán peleado” y aceptando de antemano un “trágame, tierra”, acertó a preguntar‑afirmar con voz temblorosa: ‑Porque... tú eres Juan Antonio, ¿verdad?‑.
Evidentemente él no se llamaba Juan Antonio sino Tirso, nombre mucho más distinguido y del que se sentía muy orgulloso. Pero aquello se lo calló entonces, porque de su boca sólo lograron salir dos claras y rotundas palabras: ‑Puta zorra..‑ Julio, abochornado por aquel malentendido, intentaba sin mucho éxito calmarle sugiriendo algunas posiblidades del tipo “Será algún familiar o un amigo de la infancia, no te preocupes, ya verás que todo se arregla...”, cuando entró en el bar el otro camarero saludando con mucha gracia: ‑ Hombre, chaval, ¿aquí estás? Qué, ya veo que te has quedado sin novia. Menudo lote se está pegando con un tío en el bar de la plaza...‑. Motoperro daba miedo, parecía capaz de matarla y de matar a cualquier otro que casualmente se le pusiera delante. Vinieron camareros de los bares cercanos alertados por los paranormales gritos que no dejaba de soltar Motoperro y, una vez que fueron informados por el tembloroso Julio de lo que había pasado, acordaron entre todos que lo mejor era dormirle con unas buenas copitas de Brandy. A Julio no le hacía demasiada gracia la idea (tendría que pagar de su bolsillo la botella), pero tuvo que aceptarla ante la pesada carga de remordimiento que empezaba a invadirle.
Allí estuvo Motoperro horas y horas hasta que Labios de Oro con su flamante nuevo amigo apareció por el bar. Algo parecía flotar en el ambiente, algo invisible pero latente, como en un duelo entre vaqueros. Pero los temores de los que allí se encontraban se quedaron en eso, simples temores que se diluyeron entre las lágrimas que lentamente comenzaron a resbalar por el rostro embriagado de Motoperro que en ese mismo momento decidió romper definitivamente con la ingrata Labios de Oro.

lunes 22 de diciembre de 2008

La Caza

Gabriel entró en el vagón de metro. Echó un vistazo rápido, un acto reflejo condicionado por años de entrenamiento, buscándole. Apenas veinte personas le acompañaban en esa mañana de enero, distraídas, ajenas a la caza que se estaba llevando a cabo. Se colocó en espacio que hay justo antes de la unión flexible de los vagones, cubriendo su espalda mientras miraba en una dirección buscando un gesto, un detalle de él. Tres años. Tres largos años de persecución por media Europa para acabar, paradojas de la vida, en la ciudad en la que vivía.
No encontró nada.
Debe estar por aquí, tiene que estar,...
Se giró para mirar en la dirección opuesta, asomando la cabeza con un movimiento rápido pero despreocupado, como quien mira con curiosidad a esa chica que acaba de pasar buscando asiento. Le vio. Estaba de espaldas, de pie, agarrado a una de las barras verticales en mitad del vagón. Gabriel se ocultó de nuevo en su parapeto y analizó la situación.
Me acercaré rápido, no habrá vuelta atrás, pensó. No hay otra manera. Menos mal que casi todo el mundo está sentado.
Miró fijamente a la pareja que estaba enfrente, apoyados contra el cristal. Les hizo un gesto llevándose el dedo índice a los labios para después indicarles que se quedaran quietos, a la vez que abría su chaqueta y mostraba su identificación colgada al cuello sobre un chaleco antibalas negro con tres iniciales blancas desconocidas. La pareja se sobresaltó un instante, pasando a la sorpresa en el siguiente movimiento. Su mano derecha buscó su cintura retirando el abrigo hacia un lado. Extrajo su G17 de la funda, movimiento preciso, respiración profunda y mirada al suelo. Salió de su esquina en dirección a su objetivo ocultando el arma. Dos señoras le vieron dirigirse hacia ellas. Su mirada fija en él, despreciando el resto del mundo.
Apenas anduvo cinco metros, a menos de diez de su perseguido alzó el arma con dos manos. Las señoras gritaron asustadas levantándose. Las apartó hacia un lado en décimas de segundo, pero era tarde. El Tuta ya le apuntaba. Tres disparos, ambos, no eran pandilleros iletrados de las favelas. Gabriel notó dos impactos en su pecho que le lanzaron hacia atrás con una fuerza descomunal, cayendo de espaldas al suelo. El tercero había alcanzado su hombro izquierdo.
Que bueno es el hijoputa.
El pánico se apoderó de todos los presentes, que miraban asombrados una escena que sólo habían visto en el cine. Y silencio. Sólo caras de terror y sollozos. Mientras el dolor del pecho le impedía respirar la chica a la que había pedido silencio hacia un minuto se arrodilló junto a él.
- ¿Estás bien? No te muevas, déjame ver...
- Ayúdame a incorporarme, tengo que verle.
- No te preocupes por él, no se va a ir a ningún sitio.
A duras penas se incorporó ligeramente. Cierto, no se va a ir. Un agrupamiento perfecto. Había caído al suelo quedando apoyado en uno de los asientos en una postura de muñeca rota. Los ojos abiertos, mirando al suelo. Suspiró aliviado. Se acabó. Se fijó en los ojos verdes que examinaban su hombro y notó una punzada de dolor cuando ella le obligó a tumbarse de nuevo y presionó la herida con fuerza.
- ¿Esos ojos de mar salen con alguien?
- No es la clase de pregunta que una espera en estas situaciones...
Sus mejillas se encendieron y sus labios dibujaron una tímida sonrisa.
- No es la clase de ojos que uno encuentra en estas situaciones...
Fragmento del libro "Cómo te pones por un quítame esas pajas"

martes 16 de diciembre de 2008

Glosas

Traspasado por la conciencia cierta
de que nunca volveré a recuperar
tu mirada de aventura y fuego

comienzo un nuevo camino hacia
ninguna parte concreta y hacia
todas partes a una vez.

Herido en mi orgullo pueril y vacío
tengo que aprender a bajar la cabeza
hasta encontrar tu corazón latiendo

en otros territorios más fértiles
donde la primavera de la alegría
haga que tiembles entregada

al placer de sus brazos rodeándote.
Te deseo toda la felicidad y te llevas
en el recuerdo de tu corazón un alma
fiel que te amará eternamente

Fragmento del libro:"diario de Kachimba"

domingo 14 de diciembre de 2008

Ella-She 3

Hola, buenas tardes, me puede indicar donde está la calle Las Viñas?-estaba perdido completamente, así que le pregunté a una chica que estaba de espaldas mirando un escaparate-

Ella se dió la vuelta y la ví por primera vez. A partir de ese momento, mi única ocupación ha sido servir sus deseos. Sin mirarme, extendió su mano derecha con el dedo índice apuntando a un lugar indefinido detrás de mí y dijo- por ahí, creo. No sé, pregunta a otro.

Podría ser más explícita-inquirí.
No.
Es que, necesito llegar a esa calle, tengo que recoger un paquete-rogué.
Pues, pregunta a quien lo sepa.
Gracias por su interés, es Ud. muy amable-estaba ya a punto de desistir.
Gracias.

La verdad es que tenía una indiferencia insultamente atractiva. Me moví unos metros y decidí darme la vuelta y mirarla desde más lejos. No se inmutó por mi marcha. Unos cinco minutos después, comenzó a caminar en la misma dirección en que yo me encontraba. Jamás había visto a nadie andar así. Era una mezcla de inseguridad, nerviosismo y torpeza. Pasó a mi lado sin detenerse y sin percatarse de mi existencia, pese a que la estaba mirando fijamente. Y entonces hice algo que aún soy incapaz de entender. Le agarré del brazo y besé sus labios.

Segundos después, me separé y, a duras penas, murmuré una disculpa. Me encontraba avergonzado, a la vez que embriagado. Ella me miró con una expresión de dureza y de sorpresa, a la vez y me dijo: imbécil.

Siguió su camino y tomé la decisión más importante de mi vida: eché a correr detrás de la mujer más hermosa y poderosa que la tierra ha conocido jamás. Y pese a todo lo que me ha ocurrido hasta este momento, pese a las penalidades, desgraciasy dolores insoportables que he sufrido desde ese instante, no sólo no me arrepiento, sino que volvería a correr tras sus pasos sin dudarlo.

Fragmento del libro: "te quiero más que a mi vida"

viernes 12 de diciembre de 2008

Ella-She 2

Pasó el tiempo. Tanto que no podría determinar el momento del día en que, por fin, abrí los ojos. Su cara me sobresaltó. Unos ojos marrones (nunca he sabido describir unos ojos. Creo que es un enigma de la fisonomía humana), fijos sobre mí. Y su aliento embriagador y reconfortante. Intenté decir algo, pero me cerró la boca con un leve movimiento de su mano. Era una piel cálida, que desprendía una energía potente. Se puso en pie con cierta brusquedad y me hizo un gesto para que me levantase. Esta vez conseguí erguirme con cierta facilidad y, por primera vez, le contemplé desde una altura superior. Eso me produjo una extraña sensación de adquirir ventaja. Pero se desvaneció en cuanto mis ojos se encontraron con los suyos. Nuevamente, me encogí interiormente y me sentí por entero a su merced. Tenía en su faz dibujada una sonrisa burlona (como si hubiera seguido mis pensamientos y se regocijase ante mi delicada situación de dependencia). Echó a andar y me dispuse a ir tras sus pasos. Al llegar a la puerta, ella cruzó el umbral girándose levemente y haciendo un gesto con su mirada que no comprendí. Su sonrisa anterior había devenido en una amplia mueca de alegría, casi de risa. Cuando atravesé el quicio, unas manos firmes y frias me sujetaron y me izaron en vilo, mientras que otra me colocaba un paño en los ojos cegándome por completo. Es así como escuché su voz: "deshaceos de esa escoria". El pánico se apoderó por completo de mis sentidos y comencé a agitarme y a gritar, hasta que un golpe seco en la boca del estómago me dejó sin resuello y casi sin concimiento. Poco después mis captores me quitaron la venda, tras un interminable recorrido en la más absoluta oscuridad. Me ví suspendido en el vacío fuera de una terraza. Miré hacia abajo y pude observar una altura enorme hasta un suelo lleno de personas caminando y vehículos circulando.. Momentos después, casi sin darme tiempo a reaccionar empecé a descender a gran velocidad. Lo último que ví fue una fugaz imagen de ella, sentada, mientras un hombre inclinado le calzaba uno zapato en un pie desnudo.

Fragmento del libro : "te quiero más que a mi vida".

martes 9 de diciembre de 2008

Ella-She

Todavía no me había recuperado de la impresión que me produjo su aliento en mi cara mientras me despertaba de la paliza que había recibido. No pronunció ninguna palabra, salvo un leve murmullo apenas imperceptible. A duras penas conseguí entender que quería que me levantase. Pero las fuerzas me habían abandonado y me sentía completamente exhausto. Pero, su aliento era reconfortante, iba apoderándose de mi cuerpo e insuflándome la energía precisa para comenzar a incorporarme. Ella era extrañamente hermosa y tenía una poderosa luz en sus ojos.

Apenas di mi primer paso, cuando su mano izquierda sujetó la mía derecha y me presionó levemente. Supuse que deseaba que me quedase quieto y así lo hice. Subió su dedo índice hasta la boca y me exigió silencio. Luego, salió lentamente de la estancia sin darse la vuelta al cruzar el umbral de la puerta. que cerró con suavidad.

Perdí mis escasas fuerzas y caí redondo en el suelo.

viernes 21 de noviembre de 2008

que esto del amor?

El alma se me va a romper. En cachitos. Se me van a ir cayendo los pedacitos poco a poco por debajo de la falda, trocitos por los azulejos del hospital, por las aceras en las calles, por la moqueta de casa, trocitos repartidos en el camino de casa al hospital y del hospital a casa. Va a ser imposible recuperarlos.

Sara llevaba así ya casi cuatro días, pensando, sintiendo el alma partiéndose. Desde que Rubén había desaparecido. No estaba preparada, ni lo habría estado de ninguna manera, pero sobre todo no estaba avisada. Nada le había hecho sospechar el abandono. Desde que le conoció, sus citas de lunes, jueves y sábados se habían hecho ineludibles, para ella y, Sara creía que para él también.

En realidad, Sara había empezado a bucear en las webs de amistades buscando el hombre con el que quedarse el resto de su vida, buscando lo que todo el mundo esperaba que buscara, probablemente un hombre entre 40 y 50 años y de buena posición. Pero un día, Rubén apareció en la pantalla. Al principio, haciéndola reir, haciéndola pensar, y más tarde, removiendo las verdades y mentiras que tenía interiorizadas sobre el sexo. Fue un proceso muy lento, a Sara le costó aceptar la devoción de un estudiante de Derecho de 25 años. Se entendían muy bien , es verdad, podían hablar de música , de política - aunque invariablemente acabaran discutiendo- y hasta de la existencia del amor, de la felicidad o de Dios. Pero Sara no podía evitar ver algún interés oculto en Rubén, no acababa de fiarse de los halagos de un dios de ojos negros y cuerpo perfecto hacia una cuarentona de piel blanca y arrugas y, aunque en el fondo pensara que era posible que se sintiera atraído, intentaba alejarle hablándole entre risas del complejo de Edipo, acusándole de pervertido, de caprichoso. Todo, para no mostrar su vulnerabilidad, para no hacer evidente el deseo que empezaba a consumirla.

Pasó casi medio año hasta que Sara aceptara tener a Rubén en su casa tres veces a la semana. Nunca salían a la calle juntos, el equipo de música, el ordenador y la televisión formaban su particular mundo y aquello que les mantenía unidos al exterior . Ni ella conocía a las amistades de Rubén , ni éste sabía nada de las de ella. Era un mundo habitado por dos con un equilibrio que llegaba a asustar. Desde que Rubén entraba por la puerta se aferraba a ella. Físicamente.

- Hoy vamos a estar atados toda la tarde. Me voy a atar a ti. Estaba paseando esta mañana por el centro comercial ese nuevo que han abierto por mi casa y he visto un pañuelo que prácticamente me hacía señas. Quizás no sea seda pero tiene un tacto increíble y esos colores rojizos mezclados con el amarillo me han recordado a ti, a mi reina de Saba.
- No digas tonterías. En algún momento me tendrás que soltar.
- Sí, cuando me vaya. Se nos va a hacer un poco más difícil manejar el ordenata y prepararnos algo de comida pero nos apañaremos, seguro.

Y Sara no podía hacer nada. Porque sabía que él siempre le ganaba en las discusiones, que siempre tenía las razones para hacerle ver todo como un juego y, sobre todo siempre encontraba las formas de convencerla para hacer casi todo.

- Mira lo que te he traído. ¿Te acuerdas de aquella versión de Roxane que sale en Moulin Rouge? ¿La de Tom Waits? He pasado por el Fnac y he encontrado el CD superrebajado.
- Si, si, me acuerdo, perfecto para escuchar con el volumen bien alto y que se te pongan los pelos de punta.
- Si, perfecto para afeitarte. Hoy te voy a afeitar enterita, incluidos brazos. Es por probar...una sola vez, que seguro luego te resulta muy incómodo tanto pelito saliendo... No te importa ¿no? Quiero que te desnudes , te pongas esa camiseta amarilla con florecitas y unos zapatos de tacón.
- Eres un degenerado. ¿No tenías mañana examen de Civil?
- Sí, pero es casi seguro que voy a dejarla para Septiembre y además esto es más importante para mí. Y debería serlo también para ti. Creo que fácil me va a llevar una hora. Tengo que poner el tema para que se repita.

Sara ni intentaba llevarle la contraria. Ya habían hablado en muchas ocasiones sobre cuáles eran “las cosas importantes de la vida”, las que merecen la pena y sabía que Rubén tenía las ideas muy claras. Poseía un clarividencia similar a la que parecen adquirir las personas cuando la muerte les llama pero en un último momento no consigue llevarlas.

- Pues la camiseta amarilla está lavándose. ¿Te importa que me ponga algo rojo?
- Bueno, está bien, esa especie de camisón medio transparente estará bien... y vamos a la cocina. Quiero que te subas a una banqueta. Quiero verte desde abajo , como si fueras mi Diosa.

Al principio se sentía rara. Aunque el no haber tenido niños hacía que tuviera el pecho y el culo casi como los de una adolescente, se avergonzaba de mostrar su cuerpo tan a la luz del día, tan de cerca, tan vulnerable, tan frágil. Luego se acostumbró. Y se acostumbró a él. Se acostumbró a sus juegos, a sus locuras , a sus peticiones, a sus deseos.
Si le amaba o no, daba igual. La vida le había ido cayendo sobre los hombros día a día por un lado asentando ideas, costumbres y manías, las que le iban sirviendo para sobrevivir y por otro, rompiendo aquellas que la propia razón y la experiencia demostraba como inservibles. Aquella idea, o idealización más bien, del amor en pareja, ese amor indestructible, incomparable, ese amor donde todo es comprensión y apoyo y buen sexo y buena comunicación y sorpresa hacía unos 10 años que lo había rechazado. También ella tenía las cosas claras para eso. Cada persona te aportaba unas cosas y un ser que tuviera todo eso era inexistente o si existía probablemente no iba a ser para ella.

Si le amaba o no, daba igual. Le necesitaba. Que “no tenía futuro” le habían dicho sus amigas y ella invariablemente contestaba que, en cambio, “tenía presente” y eso le valía más que de sobra.

Pero ahora ya no había presente, al menos con Rubén. No había acudido a su cita del sábado. No le había llamado ni enviado mensaje alguno ni había contestado a los que Sara le había enviado: 15 mensajes y 23 llamadas desde el sábado, siempre con el teléfono apagado o fuera de cobertura. Tampoco tenía ningún email suyo. Se imaginó hasta un Rubén muerto, oculto en una cuneta cubierto de sangre aunque, por pura supervivencia, para no sufrir, había arrojado esa imagen rápidamente de su mente. Era imposible. Había ojeado los diarios del sábado buscando un accidente que le pudiera haber afectado pero nada resaltable parecía haber sucedido.

Eran las 11 y media de la noche y Sara dormitaba delante de la tele tan agotada que apenas logró oír el teléfono cuando sonó. Llevaba 4 días sin distinguir el sueño y la realidad. Pensó en no coger, le parecía una impertinencia llamar a esas horas a las casas pero movida por una esperanza inconfesable acertó a alargar la mano hacia el auricular.

- ¿Sí? ¿Dígame?
- Tía, que haces? Soy yo, Pablo.
- Hola, cariño, estaba medio dormida ¿Cómo llamas a estas horas?
- Tengo un notición que darte, me han dado la beca!!
- Oh, ¿En serio?
- Sí, te he escrito antes un email pero como no contestabas...
- Vaya, Pablo, enhorabuena. Me alegro un montón. Bueno, la verdad es que confiaba en ti desde el principio.
- Uff, sí, pero estaba nervioso, hasta que no lo he visto publicado...

Era su sobrino preferido, el hijo mayor de su hermana Marian. Desde pequeño habían tenido una estrecha relación. Era su confesora, su amiga, su segunda madre, casi más madre que la suya.
- Dios mío! ¿Y cuándo te vas, por cuánto tiempo, cómo está tu madre?
- Tía, no te aceleres. Te lo cuento todo en el email. Mamá, está bien. Total, va a ser un año....
- ¿Y Julio? ¿Que vas a hacer con él?
- No sé, todavía estoy meditándolo. Quiero que me acompañe pero no me atrevo a pedírselo...
- Hazlo, Pablo. Para casi nada se nos presentan dos oportunidades.
- Ya, tía, si tienes razón... Ya te contaré lo que pasa. Te dejo dormir. Y perdona...
- Bien, un beso, cariño.

Instintivamente se levantó hacia el ordenador. La llamada de su sobrino le había desvelado y quería enterarse de los pormenores de esa beca. Ella había sido quien le había animado a presentarse y se sentía feliz.
Casi le explota el corazón cuando al abrir su correo vió el mensaje. Junto al email de su sobrino estaba el suyo: ruben6780@yahoo.es. Con la mano temblorosa hizo clic en el sobrecito amarillo.

Mi reina de Saba, mi princesa del Ganges, no imaginas lo que he sufrido en estos días. No podía dejar de pensar en ti y en lo que posiblemente estarías sufriendo tú también. Ni siquiera podrías figurarte lo que ha ocurrido.
El sábado cuando iba hacia tu casa me dí un trompazo enorme en la bici con tan mala suerte que el móvil se me fue a la ría. Estoy desde entonces en el hospital inmovilizado, las dos piernas. No sabía cómo contactar contigo. Un día envié a Adrían, mi compañero de piso a buscarte a casa pero no estabas. Y hoy por fin me han conseguido un portátil para poder escribirte. ¿Cómo estás?¿ Me has echado de menos? ¿Qué has hecho en estos días?
Yo estoy bien cuidado. Está por aquí mi madre y algún amigo de la uni aparece de vez en cuando.
He tenido mucho tiempo para pensar en estos días así que prepárate para nuevos juegos. Los he tenido que apuntar en un folio que tengo guardado por aquí. Ya sé que es una tontería pero no dejo de pensar en langostinos, en sentarme entre tus piernas y que me vayas pelando langostinos, los untes en mayonesa y me los metas en la boca y poderte chupar los dedos uno a uno.¿Cuánto tiempo crees que podríamos estar con eso? ¿Una horita?
Bueno, ya ves, que el golpe no me ha afectado a la cabeza. Escríbeme en cuanto puedas. Todavía estoy sin móvil. Me están haciendo un duplicado de la tarjeta.
Te echo mucho de menos. Rubén, tu niño.

PD: Quiero que practiques con “La boheme”. He estado pensando que sería increíble follar y conseguir corrernos en el punto álgido del dúo de Rodolfo y Mimí. Ya sabes cual te digo , minuto 0.40 del “O soave fanciulla”


El alma me va a explotar. En cachitos. De alegría, de gusto, de calor, como fuegos artificiales. Y acabarán desperdigados por el portal, en la cafetería del hospital, en la panadería. Va a ser imposible recuperarlos.

(Fragmento del libro "Manual Espasa de langostinos, untes y dedos")

lunes 10 de noviembre de 2008

Te diría

Te diría que te quiero.

Que tu sola presencia hace que una sonrisa conquiste mi cara.
Que cuando me explicas las cosas y entrecierras los ojos quiero pasar el resto de mi vida contigo.
Que cuando te veo sufrir mataría.
Que cuando tomas mis manos entre las tuyas me dan ganas de llorar un mar.
Que cuando no se de ti me muero.
Que tus besos me desnudan como si fuera un niño.
Que cuando oigo tu sonrisa este puto mundo se vuelve maravilloso.
Que si enfermas no duermo.
Que cuando me llamas mi corazón se para.
Que si no lo haces muero de nuevo.
Que muero de celos cuando hablas con otro. Y le envidio.
Que soy el hombre más afortunado del mundo cuando te veo dormir a mi lado.
Que no hay día malo cuando despierto junto a ti.
Que explorar tu cuerpo me llevaría una vida.
Que besarte lo es todo.
Que no imagino una vida sin ti.

Pero no te lo diré. No me atrevo.
(Fragmento del libro "¿Imbécil, idiota y enamorado? Lo tienes todo")

jueves 9 de octubre de 2008

Control de acceso

El timbre sonó dos veces antes de que Sofía se levantara a abrir, con la laxitud matutina aún pegada a sus músculos. Era un hombre de unos 50 años, pelo cano y barba espesa, vestido con un mono beige con rayas rojas a los lados de las mangas, lo que le daba un aspecto de aviador de los 50.
- Buenos días, señorita. Vengo a instalarle el sistema de control de accesos que ha contratado usted.
Sofía sacudió con disimulo sus piernas alternativamente intentando que el sopor de la noche meditabunda, de sueño esquivo, se evaporase. Le dejó pasar mientras estiraba sus brazos.
- Bien, veamos. Usted quería que le informáramos sobre las alternativas. No sé si ha visto nuestro catálogo, pero contamos con varias posibilidades. El sistema más barato es el de control de huella digital, que puede ser por presión del dedo, o bien con un escaneado a distancia. La ventaja del escaneado es que puede evitar el contacto del dedo, algo que en ciertas situaciones agradecerá.
Sofía no pudo sortear una tenue sonrisa que intentaba no dejar asomar para mantener la pose de seriedad ante su interlocutor.
- ¿Y qué desventajas le ve usted a ese sistema?
- Yo no diría desventajas, pero dadas las especificaciones que nos hizo en su solicitud me temo que este producto podría quedarse un poco, ¿cómo decirlo? Corto para usted. Vamos, que no analiza tan profundamente las, ejem –el aviador carraspeó ligeramente- características que busca.
Sofía asintió levemente para invitarle a seguir. Un pequeño escalofrío se coló por su camiseta y la imagen de unas yemas huyendo de su piel le arrancó el calor que aún mantenía de las sábanas.
- Tenemos también el reconocimiento de iris, que detecta perfectamente ciertas patologías, pero que tiene un margen de error demasiado elevado para garantizar su seguridad.
- Yo pensaba que las miradas no mentían.
- Eso piensan muchos, señorita, pero los ojos saben engañar casi tan bien como las bocas. Y después tenemos el reconocimiento facial, que no le recomiendo porque a usted no le interesan los patrones físicos, por lo que veo en el impreso.
- Parece usted saber bien lo que necesito, así que dígame, qué sistema de control de accesos me recomienda.
El aviador sonrió y Sofía creyó ver que se le arrimaba un poco, acercando un folleto a sus manos casi imperceptiblemente, pero con una cierta firmeza. Observó la foto un momento y alzó la mirada hacia aquel hombre esperando que hablara.
- Pues bien, aquí tiene nuestra última novedad, el Hali 888, el sistema de control de accesos más versátil del mercado. Se basa en el control de aliento, un ligero hálito en la boquilla de apertura, y el detector le hará un informe completo sobre el perfil del presunto intruso.
Sofía echó la cabeza hacia atrás y entornó los párpados, una plúmbea ráfaga los arrastraba hacia abajo. De repente, se sentía muy cansada.
- ¿Y está seguro de que detectará perfectamente los sentimientos de verdad, que podrá encontrar lo profundo, sin etiquetas ni adornos?
El aviador la miró con los ojos muy abiertos y la boca ladeada.
- Señorita, le aseguro que con el Hali 888 ningún intruso se colará en su corazón.
(Fragmento del libro "Suso, hijo, deja los peces" publicado en MNB)

miércoles 24 de septiembre de 2008

El mundo loco

El día concreto en que sales del vientre de tu madre tiene una importancia relativa para algunos, determinante para otros. Autulio decidió llegar a este mundo un 27 de agosto, casualmente, el mismo día en que su abuelo materno decidió dejarlo. Y digo bien decidió, porque aquella misma mañana, con mucha tristeza pero sin fuerzas para seguir esperando más para ver la cara de su primer nieto, Autulio abuelo, incapaz de soportar el dolor físico y mental que le producía su progresiva enfermedad , se tragó un bote entero de Sumial , se tumbó en la cama y decidió esperar su muerte.
Nadie se planteó otro nombre para aquel niño. Sólo el padre del bebé se permitió hacer una tímida alusión a la condena que ese nombre suponía para un niño tan pequeño que soportaría años de crueles burlas en el colegio y puede que más allá de él. Elena, que tras recibir la noticia del suicidio de su padre, tuvo que pasarse el día sedada y a duras penas pudo dar a luz, sacó fuerzas de Dios sabe dónde y consiguió echarle una mirada que como un rayo perforó directamente las pupilas de su marido y a punto estuvo de dejarle ciego.
Y lo cierto es que tampoco fue para tanto. Desde pequeño se acostumbraron a llamarle Utu , como los tristemente conocidos hutus ruandeses, sólo que en aquella época todavía nadie había oído hablar de aquellas gentes. No fue tan grave. Utu había ido al colegio y como casi todos había sufrido las bromas de su compañeros, pero más frecuentemente por su apellido que por su nombre. Cuando en cuarto de EGB Doña Esther pasaba lista y llegaba a su nombre, Autulio Palomar oía como en un eco, palabras sueltas como “palomitaaaaaa” o “palominooooo” que no se sabía con seguridad de que pupitre provenían pero que tampoco le acababan de hacer daño, ni aquél curso ni los que le siguieron.
Hubo un tiempo incluso, en que aquel extraño y corto nombre, por su originalidad, le ayudó a conquistar alguna que otra chica, así que ahora, Utulio, con su hijo recién nacido en las manos, emocionado como nunca con aquel tacto de piel de bebé y a pesar de que Rosa estaba decidida a ponerle Pablo, como su hermano y futuro padrino del niño, se decidió a hacer un intento por perpetuar el nombre de su abuelo.
- Cariño, el caso es que ahora que lo tengo en brazos, creo que me haría ilusión si le llamáramos como yo.
- Por Dios, Utu, no seas ridículo, ni malo. ¿Que quieres, que todo el mundo se ría de él y de nosotros?
- No sé, Rosa, tampoco es para tanto. Nunca he tenido problemas por mi nombre, si acaso, repetirlo un par de veces cada vez que lo daba por cualquier motivo.
- No digas tonterías. Es un nombre horrible con el que sólo conseguirías que nuestro hijo nos odiara de mayor.
- Es un nombre original que sólo él va a tener y que llevará con orgullo cuando sepa que era el mismo que llevaba su bisabuelo, un hombre honrado como nadie.
- Bueno, no te inventes cosas, que tu abuelo por lo poco que sabemos era un desequilibrado egocéntrico que sin tener la mínima consideración con tu madre , se atrevió a suicidarse en unos momentos en los que todos estaban esperando nada más que buenas noticias.
-Tampoco inventes tú historias. Lo que pasó es que tuvo una debilidad , que no pudo soportar tanto dolor. Es verdad que nadie sabe lo que pasó por su mente en esos últimos momentos ni por qué decidió vestirse con aquella túnica de lentejuelas para morir pero, si fue desequilibrado, sólo lo fue en aquellos últimos momentos. En cualquier caso, el nombre del niño debe elegirse entre los dos, no sé por qué tú vas a tener más derecho que yo. Además tiene razón mi madre, mírale, es clavadito a mí. Mira esos dedos meñiques torcidos, igualitos a los míos, y la frente, equilibrada, despejada.
Rosa, que había visto y asistido a varios nacimientos entre sus hermanas y amigas y sabía cuánto necesitaban los recientes padres confirmar un parecido fuera donde fuese, optó por callarse. No porque no tuviera ganas o fuerzas para seguir discutiendo, sino porque era muy consciente del poder de sus silencios, porque sabía que Utu no podía aguantar esa situación y enseguida claudicaba.
A la noche cuando la comadrona pasó a visitar a la madre del pequeño, ésta estaba dormida pero encontró a Utu de nuevo con él en los brazos con esa mirada de sorpresa, de admiración y de incredulidad que tantas veces había visto a lo largo de su vida.
- Mire qué bonito. No para de moverse. Está claro que, aunque en el físico haya salido clavadito a mí, el espíritu lo tiene de su madre...
- Si, ya me he fijado. Con las manitas en alto todo el rato, parece que va conduciendo una moto. ¿Qué nombre le van a poner?
- Pues su madre quiere ponerle Pablo, como su hermano, el tío del niño. Va a ser su padrino.
- Es un bonito nombre.
- Sí...
- Mi sobrino mayor se llama Pablo también. Un nombre de siempre ¿no? Me gustan los nombres clásicos, ahora a la gente le da por poner nombres cada vez más raros.
Utu no quiso hacer que Sara se sintiera incómoda. La había observado durante el día, un rostro cansado, una expresión tan triste que no había podido ignorar. No quería molestarle contándole que había nombres clásicos y a la vez raros, como el suyo, y que cuando uno había llevado toda su vida un nombre de esos, un nombre que a su vez había llevado su abuelo, se hacía difícil dejar de lado los sentimientos y decidirse por un nombre sencillo, sin más.
- Sí, tiene razón, el mundo se está volviendo loco......
(Fragmento del libro " ¿Bizkaino o Batua? ¡Yo qué sé! ")